Tío Vladi

Tío Vladi: Me dijo que su cuerpazo se lo debía al crossfit pero descubrí que era por su chamba de estibador

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María Natalia Prado Ugarteche de Monzars-Miró Miró y Miró (La Planicie, 26 años)

Querido Tío Vladi,

Recurro a ti tras agotar todas mis posibilidades de encontrarle una respuesta a mi desilusión. Mi corazón encandilado por el atractivo de su cuerpo no pudo más, y descubrió la cruda realidad de quien dijo amarme mientras me abrazaba con esas extremidades que no eran de rutina. Espero tu ayuda, uncle Vladi, pues no encuentro el rumbo de mis acciones ante la fatalidad de sus mentiras develadas. Lo conocí luego de largos meses en los que me encontraba soltera. (Obvio, my dear uncle, que “soltera pero nunca sola”, ¿okis?). Whatever, un día de aquellos en los que el tráfico de Javier Prado suele colmarnos la paciencia, y en los que nos vemos obligados a cortar caminos para llegar por fin a casa, la vida me detuvo bruscamente ante su monumental figura; y justo cuando estaba a punto de gritarle “Oye indio de mierda, ¿no sabes cruzar? ¿Para eso vienes de tu pueblo?”, me vi presa de su fenomenal escultura, de sus brazos torneados y de esa espalda que parecía esculpida por los mismos dioses. Entonces algo en mí se contuvo y en lugar de pasarle mi Porsche encima, conseguí que una sonrisa logre anticiparnos al amor, a ese maldito amor.

Los días transcurrieron, y mi alma sentía que nunca encontraría jamás mejor lugar que sus brazos, que cada centímetro de mi piel vibraba como en una rutina sincronizada, ante el crujido de su acorazada espalda. Entonces le pregunté por su secreto, por el esfuerzo que hacía para mantener así su figura: ¿qué tan alta era la intensidad de sus entrenamientos?, ¿combinaba su rutina funcional con el levantamiento de pesas?, ¿qué proteínas y batidos consumía para mantener sus músculos al tope? –Y ahí empezaron los desbarajustes, cuando vi que no supo responder, cuando titubeaba y entre sus balbuceos, solo atinaba a recitarme algún mal verso, o el estribillo de alguna canción del Lobo ese, y de su “sociedad privada”, o algo así, pensando yo tontamente que se trataba de algún poeta alterno.

Cansada de sus evasivas, de sus respuestas inexactas, decidí seguirlo. Horas de acuciosa espera y empecé a seguirlo desde el paradero en el que siempre me pedía que lo dejara para irse a entrenar. Unas cuantas horas de tráfico y llegue hasta ese terreno agreste, a ese paisaje que se parecía más a algún pueblecito de Tatooine, de Star Wars. Cogí el camino discreto para ver el desenlace de sus pasos perdidos y pude ver lo impensable: Se despojaba de sus prendas superiores, se ataba a la cabeza la camiseta Pierre Cardin que le regalé y luego de algunos pujes lograba hacerse de una pesada carga de tubérculos sobre la espalda. Mi corazón se partió ante la mentira, no sé qué hacer.

Consejo del Tío Vladi

Querida María Natalia, lamento con profundo pesar tu tristeza, pero en serio eres bien gil para dejarte engañar así por cualquier serrano maceta. Bien sabido es que los estibadores son más chapados que todos tus amigos esos, los que pasan horas entrenando entre soguitas y llantas, luego de las tremendas trancas que se meten. Si descubriste la verdad de ese modo, lo lamento, pero era mejor así que vivir en la mentira, sobrina.

Ahora, por otro lado, no te sientas tan mal. Mira que aunque ahora el amorío no es una opción, de todos modos ya tienes quien pueda ayudarte a cargar todas las bolsas cuando sales del Wong. Besis.

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